Adictos a la actualidad By Carles Casajoana. Vía La Vanguardia

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Adictos a la actualidad

Carles Casajuana

Cuando me presenté a los exámenes de ingreso a la escuela diplomática, hace treinta y seis años, una de las primeras pruebas era la exposición por escrito de un tema de la actualidad internacional. Como solía tratarse de temas muy generales, me presenté decidido a comenzar la exposición, saliera lo que saliera, citando una conocida frase de Ortega y Gasset: “Hoy no sabemos lo que nos pasa y eso es precisamente lo que nos pasa”. No recuerdo si el tema que nos cayó fue las relaciones Norte-Sur, la amenaza nuclear o la guerra fría, pero ni corto ni perezoso yo arranqué con la cita de Ortega y la llevé hacia el tema propuesto, y creo recordar que no salí mal parado.

Ortega vivió en una época de aceleración histórica tan vertiginosa o más que la actual. Cuando nació, en 1883, las casas no tenían corriente eléctrica ni teléfono. Muy pocas tenían lavabo con agua corriente. Cuando murió, en 1955, todo esto ya era común. En medio, le tocaron el descalabro del 98, varias crisis económicas muy profundas, dos guerras mundiales y una civil. Vivió bajo la democracia falseada de la Restauración, la más auténtica de la Segunda República y dos dictaduras, la de Primo de Rivera y la de Franco. Eran tiempos convulsos. La frase, pues, tenía bastante sentido. Era muy difícil saber lo que pasaba. No es extraño

que una de las figuras más representativas de la literatura de aquellos años acabara siendo el agrimensor K, encarnación de un individuo sometido a los vendavales de unas fuerzas sobre las que no tiene ningún tipo de control.

Más o menos, ha pasado un siglo desde que el filósofo la escribió, pero la frase también sirve para empezar cualquier artículo sobre la actualidad. Quizás la deberíamos retocar un poco. Podríamos decir, por ejemplo: “No sabemos lo que pasará y eso es precisamente lo que pasa”. El futuro es siempre incierto, pero hay momentos en que lo parece mucho más, como en la época de Ortega. Durante el franquismo, en cambio, hubo momentos en que parecía que el tiempo se había detenido. Hoy volvemos a atravesar una época de transformaciones aceleradas y de incertidumbres desconcertantes.

Esto hace que la lectura de periódicos sea más apasionante que nunca. La actualidad es una novela de suspense. Cada día termina en lo que en inglés se conoce como cliffhanger, un fin de capítulo que nos hace sentir una necesidad imperiosa de continuar leyendo. Hace cuatro años, nos íbamos a dormir sin saber si el euro sobreviviría un día más, si la economía española debería ser rescatada como la griega, la irlandesa y la portuguesa, qué nuevo escándalo de corrupción llenaría las páginas de los diarios

y acapararía los titulares de los telediarios del día siguiente. Hoy, nos levantamos preguntándonos si la economía europea caerá en una tercera recesión, si las fuerzas (pro)rusas habrán ocupado una nueva región de Ucrania, si los matarifes del EIIS habrán degollado a otro rehén y si continuarán aflorando escándalos de corrupción de los años de la burbuja inmobiliaria. La vieja broma de Mahatma Gandhi, cuando le preguntaron

La madre de todas las incógnitas es qué pasará el 9-N. ¿Votaremos legalmente o de cualquier manera?

qué pensaba de la civilización occidental y respondió que sería una buena idea, continúa vigente.

Pero la madre de todas las incógnitas, para los catalanes y para muchos españoles –no todos, ojo–, es qué pasará el domingo 9 de noviembre. ¿Votaremos? ¿Legalmente o de cualquier manera? ¿O no votaremos? El camino hasta entonces está sembrado de incógnitas más pequeñas que pueden ser determinantes. ¿Paralizará totalmente la Generalitat la preparación de la consulta? Si

no lo hace, ¿cómo reaccionará el Gobierno? ¿Suspenderá la autonomía? ¿Procesará a los responsables de las medidas que considere ilegales? Si la Generalitat opta por renunciar a votar el 9 de noviembre, ¿qué organizará para escenificar la protesta por la prohibición? ¿Formará un Govern de coalición? ¿Convocará unas elecciones plebiscitarias? ¿Cuándo?

A veces, da la impresión de que el proceso soberanista es un invento de los directores de periódicos para aumentar las ventas. ¿A quién le puede sorprender que, cuando nos levantamos, nos metamos en el diario como quien se mete en la ducha, y que por la noche nos sumerjamos en el telediario como quien siente la necesidad de relajarse en la bañera después de una larga jornada de trabajo? La adicción a la actualidad es tan grande que, durante el día, si podemos, aun intentamos satisfacer nuestra curiosidad conectándonos a algún periódico digital, por si ha ocurrido algo. Supongo que Artur Mas no tendrá más remedio que anticipar las elecciones. Luego se celebrarán las municipales y, en seguida, las generales, de manera que las urnas tendrán la oportunidad de hablar, y mucho. Veremos qué dicen. Es posible que el mapa político resultante sea irreconocible. En todo caso, mi impresión es que, por este camino, el apoyo al soberanismo no se reducirá. Al contrario.

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