1914: La historia se repite

La historia siempre se repite aunque sucede que las generaciones cambian, la memoria es selectiva y solo solemos acordarnos de lo que nos interesa. Tambien la historia suele ser interpretada de forma distinta segun quien la analiza y la relata y lo que es peor, quienes nos gobiernan, no la suelen tener en cuenta pues creen que ellos escriben algo distinto. Quizas lo es, pero no lo suficiente. La humanidad siempre se rige por lo mismo, la ambicion, el poder, el dinero, los egos y estas caracteristicas definen cualquier relacion entre humanos. A veces, la buena voluntad, la serenidad y hasta la racionalidad se imponen, pero otras, solo basta una pequeña chispa, inesperada la mayoria de las veces , para que  todo se convierta en un caos y el incendio sea devastador. Solo hay que leer un poquito. No hace falta ser muy ilustrado, solo curioso y si nos interesamos por los constantes conflictos belicos y no belicos que dia a dia se producen en el mundo, nos daremos cuenta que a veces , estos se producen, por supuesto por situaciones injustas, pero tambien por espoletas que provocan la explosion del conflicto provocando enormes victimas inocentes, llamadas efectos colaterales por quienes las provocan. Los occidentales vemos muy cerca gracias a los medios de comunicacion que nos acercan a ellos, los conflictos que hay y surgen en todas partes del mundo, pero solo nos sentimos afectados de verdad si estos nos tocan directamente a nosotros  o a alguien querido. Entonces si, es cuando reaccionamos, bien o mal, pero lo hacemos. Lo que sucede es que la mayoria de los humanos, somos granitos de arena que somos totalmente invisibles a los que manejan el mundo. No somos ni piezas del ajedrez, ni formamos parte del tablero. Es por ello que a pesar de que se pregona con grandes altavoces el derecho a la vida, a la hora de la verdad, para algunos , esta no vale nada. No me refiero a la suyas, sino a las de los demas. Por eso, seamos conscientes de si vale la pena defender  intereses abstractos y emocionales que muchas veces tienen otros mucho mas perversos detras…….y la mayoria ni lo sabemos ni lo sabremos jamas.

 

 

1914
JOAN DE SA­GA­RRA
La Vanguardia
23 de febrero de 2014

Ca­da ge­ne­ra­ción tie­ne sus gue­rras; pa­ra su­frir o pa­ra dis­fru­tar. Y las re­cuer­da y ce­le­bra a su ma­ne­ra. El do­min­go 28 de ju­nio de 1914, el ar­chi­du­que Fran­cis­co Fer­nan­do, he­re­de­ro del trono aus­trohún­ga­ro, y su es­po­sa, So­fía Cho­tek, son ase­si­na­dos en Sa­ra­je­vo por Ga­vri­lo Prin­cip, un miem­bro de la Jo­ven Bos­nia, una or­ga­ni­za­ción mul­ti­ét­ni­ca, for­ma­da por ser­bios, croa­tas y mu­sul­ma­nes, que lu­cha­ba por la li­ber­tad na­cio­nal. Un mes más tar­de, el 27 de ju­lio, el em­pe­ra­dor Fran­cis­co Jo­sé, tío del ar­chi­du­que ase­si­na­do, fir­ma, con mano tem­blo­ro­sa, la de­cla­ra­ción de gue­rra a Ser­bia. La má­qui­na in­fer­nal ha­ce ex­plo­sión, en po­cos días Eu­ro­pa se ve su­mer­gi­da en una gue­rra que, en prin­ci­pio, ha­bía de ser bre­ve, pe­ro que du­ra­rá cua­tro lar­gos años y cau­sa­rá mi­llo­nes de muer­tos y he­ri­dos.

Con­fie­so que la gue­rra del 14, la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial, me de­ja un tan­to in­di­fe­ren­te. Em­pe­zan­do por ese epi­so­dio bal­cá­ni­co. Me re­sul­ta di­fí­cil di­so­ciar ese do­ble cri­men del sui­ci­dio de Ro­dol­fo, el he­re­de­ro del im­pe­rio, en Ma­yer­ling, o de Sis­sí, la mu­jer del em­pe­ra­dor Fran­cis­co Jo­sé, apu­ña­la­da en Gi­ne­bra. To­do des­pi­de un per­fu­me de ope­re­ta vie­ne­sa mez­cla­da con una par­ti­da de pó­quer en la que ca­da uno fa­ro­lea con­ven­ci­do de que una de­mos­tra­ción de fir­me­za obli­ga­rá al otro a re­ti­rar­se: Ale­ma­nia pien­sa di­sua­dir a los ru­sos pro­me­tien­do su apo­yo a Aus­tria; Fran­cia pien­sa di­sua­dir a Aus­tria mos­tran­do su so­li­da­ri­dad con los ru­sos, y es­tos, con­ven­ci­dos de ello, se dis­po­nen a so­co­rrer a los ser­bios…

Y pen­sar que la Pri­me­ra Gue­rra Mun­dial po­día muy bien no ha­ber es­ta­lla­do: bas­ta­ba con que el em­pe­ra­dor de Aus­tria en­via­se unas tro­pas a Ser­bia pa­ra cas­ti­gar a los ase­si­nos de su so­brino. To­do el mun­do lo hu­bie­se en­con­tra­do la co­sa más nor­mal: quien la ha­ce la pa­ga. Pe­ro no, el em­pe­ra­dor te­nía que con­tar pre­via­men­te con el apo­yo del kái­ser, y lo que te­nía que ser una ope­ra­ción rá­pi­da, que pi­lla­se a to­do el mun­do por sor­pre­sa, se fue eter­ni­zan­do…

La gue­rra del 14 no es mi gue­rra, en to­do ca­so, se­ría la gue­rra de mi pa­dre, que en 1914 te­nía 20 años, la edad de en­trar en com­ba­te. Pe­ro tam­po­co fue la gue­rra de mi pa­dre, en el sen­ti­do de que no la su­frió. No la su­frió, pe­ro sí la dis­fru­tó. En sus Me­mò­ries ha­bla de una bo­te­lla de Moët & Chan­don que se be­bió con unos ami­gos en Ma­drid pa­ra ce­le­brar no sé qué vic­to­ria de los fran­ce­ses –mi pa­dre di­ce que du­ran­te los años que du­ró la gue­rra el Moët & Chan­don se ela­bo­ra­ba en las ca­vas de la fa­mi­lia Ra­ven­tós–; y ha­bla tam­bién de la juer­ga que se mon­tó en el Pa­ral·lel al tér­mino de la gue­rra: en to­dos los lo­ca­les se can­ta­ba

La mar­se­lle­sa.

Ca­da ge­ne­ra­ción tie­ne sus gue­rras: gue­rras pa­ra su­frir o pa­ra dis­fru­tar. Y ca­da ge­ne­ra­ción las re­cuer­da y las ce­le­bra a su ma­ne­ra. En Fran­cia, don­de la gue­rra se su­frió con cre­ces, el fi­nal de es­ta –el ar­mis­ti­cio en­tre Fran­cia y Ale­ma­nia fir­ma­do el 11 de no­viem­bre de 1918– no siem­pre se ha ce­le­bra­do de la mis­ma ma­ne­ra. Re­cuer­do que du­ran­te la pre­si­den­cia de Va­léry Gis­card d’Es­taing, tan­to es­te co­mo su ami­go el ale­mán Hel­mut Sch­midt hi­cie­ron cuan­to es­tu­vo en sus ma­nos pa­ra bo­rrar las hue­llas de las hos­ti­li­da­des en­tre am­bos paí­ses –am­bos, miem­bros de la Unión Eu­ro­pea– y lle­ga­ron in­clu­so a plan­tear­se la sus­pen­sión del ac­to con­me­mo­ra­ti­vo de la fir­ma del ar­mis­ti­cio. Pe­ro pu­do más la me­mo­ria del odio que la del do­lor, y Gis­card y su ami­go ale­mán tu­vie­ron que tran­si­gir con la con­me­mo­ra­ción del ar­mis­ti­cio. Un ar­mis­ti­cio, huel­ga de­cir­lo, que tam­po­co era una fe­cha cru­cial pa­ra los fran­ce­ses de la jo­ven Eu­ro­pa, pues la gue­rra que más les do­lía, su gue­rra, no era la del 14 sino la del 39, la gue­rra con­tra los na­zis y las SS.

La gue­rra del 39, la Se­gun­da Gue­rra Mun­dial, tam­po­co es mi gue­rra y di­fí­cil­men­te po­dría ser­lo, por­que cuan­do es­ta­lló tan só­lo te­nía un año y me­dio. Pe­ro du­ran­te un tiem­po me la apro­pié de la ma­ne­ra más des­ca­ra­da. Fue en 1947, des­pués de ver en el ci­ne Bo­na­par­te, en Pa­rís, la pe­lí­cu­la Ro­ma cit­tà aper­ta. Ter­mi­na­da la pe­lí­cu­la me iden­ti­fi­qué, me con­ver­tí en uno de aque­llos ni­ños ro­ma­nos que des­pués de pre­sen­ciar el fu­si­la­mien­to del cu­ra, de don Pie­tro (Al­do Fa­bri­zi), re­gre­san a su ba­rrio. Unos cha­va­les que lue­go re­en­con­tra­ría en al­gu­na que otra no­ve­la de Juan Mar­sé.

Las gue­rras cam­bian con los años, y no­so­tros, con ellos. La gue­rra del 39, por ejem­plo, ha cam­bia­do des­de que vi la pe­lí­cu­la de Ros­se­lli­ni. En 1947, en Pa­rís, to­da­vía era, y con qué in­ten­si­dad, la gue­rra con­tra los na­zis y las SS, y em­pe­za­ba a ser la gue­rra del ge­no­ci­dio ju­dío, la gue­rra del ho­lo­caus­to. Lue­go, con el pa­so de los años, al des­cu­brir­se el gu­lag y las bar­ba­ri­da­des de los so­vié­ti­cos, la gue­rra del 39 se con­vir­tió en una gue­rra más nor­mal, y lo cu­rio­so del ca­so es que, en cier­to mo­do, esa gue­rra ca­da vez se pa­re­ce más a la gue­rra del 14, en el sen­ti­do de que Ver­dún ca­da vez se pa­re­ce más, re­vis­te la mis­ma im­por­tan­cia que Sta­lin­gra­do. La gue­rra del 14, de cu­yo ini­cio ce­le­bra­mos es­te año el cen­te­na­rio, se ve hoy de una ma­ne­ra muy dis­tin­ta de co­mo se veía cuan­do yo era ni­ño o en los años en que Gis­card era el pre­si­den­te de la Re­pú­bli­ca fran­ce­sa. Hoy, la gue­rra del 14 se ve co­mo la veía Fra­nçois Fu­ret cuan­do de­jó es­cri­to aque­llo de “el si­glo XX co­men­zó con la gue­rra de 14 y fi­na­li­zó con la caí­da del mu­ro de Ber­lín”. Cier­to, el si­glo XX em­pe­zó con esa gue­rra, una gue­rra que cam­bió el mun­do, pe­ro que, pa­ra mí, se re­sis­te a per­der ese per­fu­me de ope­re­ta vie­ne­sa que me pro­du­ce el in­ci­den­te bal­cá­ni­co. Pe­ro soy in­jus­to, por­que si la gue­rra del 14 no es mi gue­rra –en el sen­ti­do de que no pue­do iden­ti­fi­car­me con nin­gún poi­lu– es gra­cias a ella que des­cu­brí el Vo­ya­ge au bout de la nuit, de Cé­li­ne, y Sen­de­ros de glo­ria, la pe­lí­cu­la de Ku­brick. O, si us­te­des lo pre­fie­ren, fue gra­cias a Cé­li­ne y a Ku­brick que des­cu­brí la gue­rra del 14. Cé­li­ne se con­vir­tió gra­cias a sus pa­la­bras, sus imá­ge­nes y su rit­mo, en el úni­co de­nun­cian­te de la ab­sur­di­dad, de la ab­so­lu­ta bar­ba­rie de la gue­rra, y la pe­lí­cu­la de Ku­brick me con­fir­mó aque­llo de que el pa­trio­tis­mo es el úl­ti­mo re­fu­gio del ca­na­lla. Des­pués de ver­la, a uno tan só­lo se le ocu­rre una co­sa: de­ser­tar, de­ser­tar cuan­to an­tes.

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