Polos opuestos: Miquel Serra (lado bueno) y Juan Valverde( Lado oscuro)

Miquel Serra, comunista de PSUC, evito aun con el riesgo de poner en peligro su vida, la destruccion de Barcelona por parte del bando republicano en el año 1939 desobedeciendo habilmemte las ordenes que le dieron desde Moscu de destruir la ciudad y dejarla devastada ante la entrada de las tropas franquistas. Luego lo pago y fue juzgado almuso, por traidor en Moscu, pero salvo una ciudad y a muchos inocentes. Juan Valverde, economista con antepasado y nunca mejor dicho fascista,no tiene el mas minimo rubor en afirmar publicamente que el bombardearia Barcelona en el caso de secesion. Le importan un rabano las personas inocentes que perderian la vida y la destruccion de una ciudad con todas sus consecuencias. Para este especimen por decirlo sin demasiada acritud, la vida no vale nada, bueno imagino que solo la suya y la de los suyos, pero esto ya forma parte de la bestia. Ahi esta la diferencia entre uno y otro. Juzguen ustedes mismos. Adjunto articulo de Quim Monzo que describe muy bien la situacion aunque en mi opinion le sobra el ultimo parrafo que creo intencionado, pues va dirigido a Samaranch. Lo siento Monzo, pero Barcelona le debe buena parte de lo que es y ha alcanzado en estos ultimos años a este señor. Es mas, al igual que Serra,que evito su destruccion, Samaranch hizo lo imposible que se convirtio en milagro para conseguir unos JJOO que la yransformaron y mejoraron excepcionalmente y gracias a ello , ahora tenemos una de las mejores ciudades del mundo. Unos levantaban el brazo y pero otros el puño. Nadie es perfecto, lo importante sonnlas personas y susmhechos, menos sus ideologias si no perjudican.No tergiversemos y confundamos a la gente. Por cierto, propongo al Ayuntamiento declarar Valverde, persona non grata para la ciudad.

Bar­ce­lo­na, a pun­to de de­to­nar
Quim Mon­zó
La Vanguardia
18 de septiembre de 2013

“Con­vo­ca­ba reunio­nes cons­tan­te­men­te, in­du­cía a con­fu­sio­nes y crea­ba to­do ti­po de di­la­cio­nes”. Días atrás, un tuit de Fran­cesc Ri­be­ra, Ti­tot, me lle­vó al nú­me­ro 89 de Bar­ce­lo­na Me­trò­po­lis, don­de hay un ar­tícu­lo de Gui­llem Mar­tí que ex­pli­ca el ca­so de Mi­quel Se­rra i Pà­mies, de quien mu­chos ca­ta­la­nes no te­nía­mos ni idea. Fue el hom­bre –reusen­se, fun­da­dor del PSUC– que en 1939, cuan­do los fran­quis­tas atra­ve­sa­ron el Ebro y era evi­den­te que la gue­rra es­ta­ba ya per­di­da, evi­tó la des­truc­ción de Bar­ce­lo­na que ha­bía or­de­na­do el Ko­min­tern des­de Mos­cú y que los miem­bros del PCE y del PSUC es­ta­ban dis­pues­tos a cum­plir. Mien­tras los má­xi­mos di­ri­gen­tes po­lí­ti­cos re­pu­bli­ca­nos iban ya ha­cia Fran­cia, Bar­ce­lo­na pre­pa­ra­ba una de­fen­sa im­po­si­ble por­que la po­bla­ción es­ta­ba ex­haus­ta. Di­ce Mar­tí: “Se con­vo­có una reunión de miem­bros del PCE y del PSUC con es­pe­cia­lis­tas en de­mo­li­ción de la Bri­ga­da Lís­ter pa­ra eje­cu­tar los de­sig­nios de la In­ter­na­cio­nal Co­mu­nis­ta y de la URSS, en la que se di­se­ñó el plan pa­ra des­truir Bar­ce­lo­na. Se dis­po­nía de unos cuan­tos mi­lla­res de to­ne­la­das de tri­li­ta y de gran­des can­ti­da­des de mu­ni­ción de ar­ti­lle­ría, su­fi­cien­tes pa­ra vo­lar las prin­ci­pa­les fá­bri­cas, los pun­tos de su­mi­nis­tro ener­gé­ti­co, los con­duc­tos de abas­te­ci­mien­to de agua po­ta­ble, las vías de co­mu­ni­ca­ción y los tú­ne­les del me­tro. Se cal­cu­la­ba que así se des­trui­ría una cuar­ta par­te de Bar­ce­lo­na. Tam­bién se hi­cie­ron cálcu­los so­bre los cen­te­na­res de muer­tos que esas ex­plo­sio­nes oca­sio­na­rían y se con­clu­yó que eran da­ños co­la­te­ra­les acep­ta­bles. Nin­guno de los asis­ten­tes a la reunión osó cues­tio­nar los pla­nes del Ko­min­tern. Vien­do que no ser­vi­ría de na­da opo­ner­se, Se­rra i Pà­mies se ofre­ció a ser él quien aca­ba­se de ter­mi­nar los de­ta­lles y quien fi­nal­men­te die­se la fa­tí­di­ca or­den de des­truir Bar­ce­lo­na. Le­jos de lle­var a ca­bo la ta­rea en­co­men­da­da, Se­rra i Pà­mies de­di­có to­dos sus es­fuer­zos a evi­tar que aquel mons­truo­so pro­yec­to lle­ga­se a buen puer­to. Con­vo­ca­ba reunio­nes cons­tan­te­men­te, in­du­cía a con­fu­sio­nes en la ho­ra y lu­gar de en­cuen­tro, fa­ci­li­ta­ba con­tac­tos erró­neos y crea­ba to­do ti­po de di­la­cio­nes”.

Fi­nal­men­te se sa­lió con la su­ya. Es­pe­ró al 26 de enero de 1939, cuan­do los fran­quis­tas des­fi­la­ban ya por el pa­seo de Grà­cia, pa­ra huir de Bar­ce­lo­na, se­gu­ro de que la ciu­dad no vo­la­ría ya por los ai­res. Lle­gó a Fran­cia, y a Mos­cú, don­de lo en­car­ce­la­ron, tor­tu­ra­ron y juz­ga­ron por an­ti­co­mu­nis­ta y trots­kis­ta, y por in­cum­plir las ór­de­nes de con­ver­tir Bar­ce­lo­na en un mon­tón de es­com­bros. El es­pa­cio es­ca­so de es­ta co­lum­na im­pi­de de­ta­llar to­da la his­to­ria pe­ro, por fa­vor, léan­la en­te­ra en la web del Ayun­ta­mien­to bar­ce­lo­nés. El cual, por cier­to, qui­zá ten­dría que pre­gun­tar­se (tal co­mo ha­ce Fran­cesc Ri­be­ra en su tuit) có­mo es que ese hom­bre no tie­ne una ca­lle que lo hon­re, mien­tras pre­vé bau­ti­zar ca­lles con el nom­bre de per­so­na­jes que, el día des­pués de que Se­rra i Pà­mies sal­va­se Bar­ce­lo­na de la des­truc­ción, des­fi­la­ban por ella con el bra­zo le­van­ta­do.

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