El silencio de los corderos : comentario a articulo de La Vanguardia de Salvador Cardus

imageRecomiendo la lectura de este interesante articulo escrito por Salvador Cardus en La Vanguardia recientemente. Es claro y evidente que aquellos que mas ruido producen, crean una imagen de aumento que a veces, a pesar de ser minoritarios acaban convenciendo a su entorno y mucho mas a ellos mismos de que son mayoria. Este efecto suele darse mucho a traves de los medios de comunicacion, en especial la television o otros de efecto visual. Cuando en la television te hablan de cualquier conflicto y aparecen imagenes del mismo, muchas veces, documentandolo con imagenes parciales.A veces puede darse a entender que el impacto es mayor del que realmente ha sido. Recuerdo que hace pocos dias veia por algun canal televisivo, una llamada manifestacion de algunas personas frente a la Casa Blanca, en Washington DC. Debian ser doscientas personas no mas, pero solo el modo en que los comentaristas daban la noticia y la toma de las imagenes que se exponia, parecia que eran miles, por lo tanto, aumentando la realidad una barbaridad. Tambien sucede que en muchas ocasiones, para hacerse oir, aquellos que tienen algo que reclamar, utilizan herramientas y mecanismos de todo tipo para aumentar su volumen y repercusion de tal modo que el objetivo final es que la percepcion de un tercero, suele quedar distorsionada. Es ahi, cuando aparece la mayoria silenciosa. Esta suele ser normalmente mayoritaria pero que se mueve en zona de confort. ¿Que significa esto? Pues sencillo, que estas mayorias silenciosas, no suelen movilizarse y cuando lo hacen ya suele ser demasiado tarde y con consecuencias que se hubieran podido evitar. Tambien es cierto aquello que “quien calla, otorga”. Solo la democracia, aun con sus defectos e imperfecciones, es la respuesta a estos silencios. Las urnas son la via y nunca mejor dicho para expresar libremente y en privado tu opinion, en el bien entendido que luego hay que aceptar la respuesta mayoritaria, pero eso si, el silencio que a veces es sano, no siempre es util, es mas, en ocasiones, es pernicioso. Eso si, en una democracia “comme il faut” tambien hay que dejar expresarse a todo el mundo y no apabullar a aquellos que tienen opinion distinta a la tuya, siempre con respeto.

Sal­va­dor Car­dús i Ros sal­va­dor.car­dus@uab.cat
La Vanguardia
8 de agosto de 2013

Una de las sen­ten­cias más co­no­ci­das de Mar­tin Lut­her King (1929-1968) re­za: “Los de nues­tra ge­ne­ra­ción ten­dre­mos que arre­pen­tir­nos no tan só­lo de las pa­la­bras y las ac­cio­nes in­fa­mes de la ma­la gen­te, sino tam­bién del te­rri­ble si­len­cio de la bue­na gen­te”. El gran lu­cha­dor por los de­re­chos ci­vi­les de los afro­ame­ri­ca­nos en Es­ta­dos Uni­dos, pre­mio No­bel de la Paz en 1964, na­ci­do en Atlan­ta y ase­si­na­do en Memp­his, te­nía to­da la ra­zón. Y si al­gu­na ob­ser­va­ción de­be ha­cer­se a su de­nun­cia es que no se tra­ta tan só­lo de un es­cán­da­lo pa­ra su ge­ne­ra­ción, sino que pue­de de­cir­se de cual­quier otro tiem­po.

Me ha pa­re­ci­do opor­tuno re­cor­dar aho­ra es­ta fra­se por­que, hi­per­sen­si­bi­li­za­dos por las cri­sis eco­nó­mi­ca y po­lí­ti­ca ac­tua­les, des­cu­bri­mos es­can­da­li­za­dos –no sin un cier­to fa­ri­seís­mo– que abun­dan los com­por­ta­mien­tos mal­va­dos, al por ma­yor y al por me­nor. Una mal­dad pa­ra la que bus­ca­mos res­pon­sa­bles es­truc­tu­ra­les, no fue­ra el ca­so que tam­bién nos sal­pi­ca­ra per­so­nal­men­te. Se cul­pa al sis­te­ma, al ca­pi­ta­lis­mo sal­va­je, al neo­li­be­ra­lis­mo y a las éli­tes ex­trac­ti­vas que se apro­ve­chan de to­dos ellos, con una re­tó­ri­ca que per­mi­ta dis­tin­guir, con to­da cla­ri­dad, a los bue­nos de los ma­los, a las víc­ti­mas de los ver­du­gos. A di­fe­ren­cia de aque­lla vie­ja y tan lú­ci­da idea del “pe­ca­do ori­gi­nal” que se­ña­la­ba la frá­gil na­tu­ra­le­za de to­dos los in­di­vi­duos, aho­ra nos in­cli­na­mos por di­fe­ren­ciar ma­ni­quea­men­te a los inocen­tes –no­so­tros– de los pe­ca­do­res, que se­rían las mi­no­rías be­ne­fi­cia­das por el mal es­truc­tu­ral.

No se tra­ta, cla­ro es­tá, de ne­gar la exis­ten­cia de una or­ga­ni­za­ción so­cial que aca­rrea im­plí­ci­tas to­do ti­po de dis­cri­mi­na­cio­nes, in­jus­ti­cias y abu­sos ha­cia las per­so­nas. Ni tam­po­co, ape­lan­do a la na­tu­ra­le­za hu­ma­na, se tra­ta de di­luir la res­pon­sa­bi­li­dad de los agen­tes di­rec­tos de la mal­dad, ins­cri­ta en sus de­ci­sio­nes. Sin em­bar­go, des­de mi pun­to de vis­ta, a es­tas crí­ti­cas les fal­ta aque­lla ter­ce­ra pers­pec­ti­va que se­ña­la la sen­ten­cia de Lut­her King: el te­rri­ble si­len­cio de la bue­na gen­te. Es de­cir, le fal­ta una re­fle­xión so­bre la na­tu­ra­le­za de la con­ni­ven­cia de las ma­yo­rías su­pues­ta­men­te inocen­tes con es­tos ma­les.

Sin que­rer for­zar la pro­xi­mi­dad en­tre con­cep­tos que tie­nen su pro­pio es­pa­cio de sig­ni­fi­ca­ción, la fra­se de Lut­her King me lle­va a la no­ción de Han­nah Arendt so­bre la “ba­na­li­dad del mal”. Es de­cir, so­bre la in­sen­si­bi­li­dad que, pa­ra­dó­ji­ca­men­te, ge­ne­ra la mal­dad ma­si­va, qui­zás pa­ra no su­cum­bir a ella o pa­ra po­der so­bre­vi­vir­la sin te­ner que lle­gar a des­pre­ciar­nos. A to­da la bue­na gen­te que ca­lla an­te la in­jus­ti­cia, el he­cho de ser bue­na gen­te no la dis­cul­pa en ab­so­lu­to, sino que por es­ta mis­ma ra­zón su si­len­cio re­sul­ta to­da­vía más te­rri­ble.

En psi­co­lo­gía so­cial se co­no­ce el bys­tan­der ef­fect, tam­bién de­no­mi­na­do “efec­to es­pec­ta­dor”. Es­tu­dia­do en el la­bo­ra­to­rio des­de 1968 por J. Dar­ley y B. La­ta­né, fue des­cu­bier­to a par­tir de un ca­so real que unos años an­tes ha­bía es­can­da­li­za­do a la opi­nión pú­bli­ca nor­te­ame­ri­ca­na. Kitty Ge­no­ve­se, una ca­ma­re­ra de Nue­va York, el 13 de mar­zo de 1964 mo­ría ase­si­na­da de unas pu­ña­la­das cuan­do vol­vía del tra­ba­jo, de­lan­te del por­tal de su ca­sa en Kew Gar­dens, Queens. Kitty, de 28 años, pi­dió ayu­da pe­ro el ve­cin­da­rio que la oyó gri­tar no hi­zo na­da pa­ra so­co­rrer­la. Pa­sa­ron bas­tan­tes mi­nu­tos has­ta que al­guien te­le­fo­neó a la po­li­cía. Un ar­tícu­lo de pren­sa pu­bli­ca­do un par de se­ma­nas más tar­de, con tes­ti­mo­nios de los ve­ci­nos, abrió una gran po­lé­mi­ca so­bre el por­qué de la fal­ta de reac­ción ciu­da­da­na. El bys­tan­der ef­fect, en de­fi­ni­ti­va, sos­tie­ne que cuan­ta más gen­te es­tá pre­sen­te en una si­tua­ción de emer­gen­cia, me­nos son los que se mues­tran dis­pues­tos a ayu­dar a quien es­tá en ries­go. Las ex­pli­ca­cio­nes apun­tan a una di­so­lu­ción de la res­pon­sa­bi­li­dad ( dif­fu­sion of res­pon­sa­bi­lity) en si­tua­cio­nes de ma­sa y a com­por­ta­mien­tos imi­ta­ti­vos que ha­cen creer al in­di­vi­duo que lo que ha­ce la ma­yo­ría es lo co­rrec­to. Pe­ro que la psi­co­lo­gía so­cial se in­tere­sa­ra por el efec­to es­pec­ta­dor des­de me­dia­dos de los años se­sen­ta, no quie­re de­cir que se tra­ta­ra de na­da de nue­vo. La pá­gi­na web List­ver­se, a la ho­ra de es­co­ger los 10 ca­sos más no­to­rios de bys­tan­der ef­fect, no tie­ne nin­gún in­con­ve­nien­te en em­pe­zar por la pa­rá­bo­la del buen sa­ma­ri­tano, has­ta lle­gar a la ex­pul­sión de sus tie­rras de las tri­bus au­tóc­to­nas en Nor­tea­mé­ri­ca o al pro­pio ho­lo­caus­to. Es de­cir, ca­sos que mues­tran esa in­di­fe­ren­cia ge­ne­ral de la bue­na gen­te an­te el abu­so ma­si­vo, esa ba­na­li­dad del mal que pue­de lle­gar a ha­cer­lo tan bru­tal­men­te so­por­ta­ble.

Ca­da una de las pers­pec­ti­vas men­cio­na­das uti­li­za he­rra­mien­tas dis­tin­tas. La apro­xi­ma­ción éti­ca del pas­tor pro­tes­tan­te Mar­tin Lut­her King; la mi­ra­da des­de la teo­ría po­lí­ti­ca de Han­nah Arendt o el aná­li­sis cien­tí­fi­co del com­por­ta­mien­to hu­mano de Dar­ley y La­ta­né. To­dos re­fle­xio­nan so­bre un mis­mo fe­nó­meno: el de la res­pon­sa­bi­li­dad, mo­ral, po­lí­ti­ca y so­cial de quien asis­te, si­len­cio­so e in­di­fe­ren­te, al es­pec­tácu­lo del mal. Sin em­bar­go, co­mo de­cía al prin­ci­pio, la in­quie­tud que que­ría ex­pre­sar en es­te ar­tícu­lo no es tan só­lo la que pro­du­ce el si­len­cio, sino muy par­ti­cu­lar­men­te la de la de­nun­cia de la mal­dad preo­cu­pa­da en sa­cu­dir­se de en­ci­ma la res­pon­sa­bi­li­dad de una con­ni­ven­cia in­di­fe­ren­te, la que se de­di­ca a fa­bri­car víc­ti­mas inocen­tes, en lu­gar de in­vi­tar a una re­fle­xión au­to­crí­ti­ca so­bre la com­pli­ci­dad de la bue­na gen­te con el mal que se de­nun­cia. Di­cho de otra ma­ne­ra: la de­nun­cia del si­len­cio de la bue­na gen­te an­te la in­jus­ti­cia, de la ba­na­li­dad del mal o del bys­tan­der ef­fect de­be­ría ale­jar­nos del ma­ni­queís­mo im­plí­ci­to en de­ter­mi­na­das for­mas de crí­ti­ca so­cial que nos ha­ce creer, in­ten­cio­na­da­men­te o no, que rom­pien­do el si­len­cio y se­ña­lan­do a un cul­pa­ble, ya que­da­mos li­be­ra­dos de to­do ejer­ci­cio au­to­crí­ti­co.

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