Turismo en España: No es oro todo lo que reluce. Comentario a articulo de Alfredo Amestoy en El Mundo- Cronica

TURISMO EN ESPAÑA: ¿ES ORO TODO LO QUE RELUCE?

Hoy adjunto un articulo que El Mundo publico el domingo en el suplemento Cronica. Se trata de un articulo del inefable Alfredo Amestoy. Los jovenes probablemete no saben quien es. Los de mediana edad quizas le recuerden y los mayores se acordaran de el como uno de los ” infant terribles” de los años 60 y 70. Parece que el tiempo no ha pasado y ahi surge de nuevo, como resucitado, el periodista punzante Afredo Amestoy. Estaremos mas o menos de acuerdo, pero debemos reconocer que lleva buena parte de razon. Histrionismo aparte, hay verdades importantes. Nuestro pais que segun algunos , no tiene recursos naturales, si los tiene y muy buenos, pero mal empleados. Tenemos un pais precioso, variado, con sol, mar pero tambien paisajes interiores inolvidables. Una historia interesantisima, un legado cultural fantastico aunque mal gestionado. Una industria alimentaria excelente. Paisajes y lugares paradisiacos. Gente abierta y servicial, pero lo hemos gestionado mal. Siento decirlo pero hemos fomentado el turismo no ya barato,pues puede ser barato pero digno, sino que hemos pervertido el turismo en un todo vale. Aqui los que vienen de fuera suelen dedicarse a hacer lo que en sus paises no les permiten y asi nuestra querida geografia se ha ido deteriorando y la calidad de nuestro turismo, con excepciones , es de lowest profile y es una lastima. España podria combinar ambos turismos, el de bajo coste pero digno y de calidad tambien y el premium que es el que genera riqueza y da muchos ingresos para que luego los ciudadanos autoctonos podamos vivir mejor. Pero no, confundimos la gimnasia con la magnesia. Aqui queremos cafe para todos. No nos gustan los ricos pero si queremos que inviertan y gasten, habra que tratarles bien. Es que aqui queremos soplar y sorber al mismo tiempo. Queremos inversiones, puestos de trabajo, que venga el dinero a nuestro pais, pero nos fastidia que otros tengan mas o sean mas que nosotros. Queremos igualdad en derechos, pero menos en obligaciones. En fin, el que no sabe lo que busca, cuando encuentra, no sabe lo que encuentra. Ahi va el articulo de Amestoy.

ALFREDO AMESTOY11/08/2013
EL TURISMO A LA ESPAÑOLA… ME MATA
Vienen «huyendo» y gastan menos
Cuando el país bate récords de llegada de turistas, viene Alfredo Amestoy a aguar la fiesta: es el peor negocio. Sostiene que más que nuestra salvación, será nuestra condena, un tiro en la sien. «Recibimos contaminación, vicio y barbarie sin que nos saque de pobres»
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Los turistas empezaron a venir a España cuando éramos un país subdesarrollado. Ahora somos ricos, pero más pobres que antes. Igual que antes éramos pequeños y ahora creemos que somos altos, pero en realidad no hemos crecido: hemos engordado.
La Gran Vía de Madrid era una calle donde, hasta hace 20 años, se veía gente pobre vestida de rica. Ahora está llena de ricos vestidos de pobres. Por culpa del turismo, la Gran Vía, que era Nueva York, se ha convertido en Benidorm.
Lo que quiero hacer aquí no es un elogio del turismo. Es una crítica. Y alguien la tiene que hacer.
Es mentira lo que dicen las estadísticas del turismo. Por ejemplo, no son 60 ni 70 los millones de turistas que España recibe anualmente. Son 30 o 35. El resto son turistas de frontera que nos visitan seis u ocho horas. Menos turistas son aún los cruceristas, que muchas veces están con nosotros cuatro o cinco horas. En su escala no dejan más de 20 o 30 euros por persona.
El turista, en general, es pródigo con aquello que no va a pagar. Cada millón de turistas que recibimos consume 11 millones de litros de combustible, 300 millones de litros de agua, dos millones de kilos de alimentos y genera 300 millones de litros de aguas residuales, 25 millones de kilos de CO2 y 1,5 millones de residuos. Multipliquemos estos datos por 60 y tendremos las escandalosas cifras del coste del negocio del turismo, que nadie contabiliza
No es verdad que el turismo sea el peor medio de producir riqueza. Eso a pesar de que el sector «empobrece porque proporciona unos dineros como los del sacristán, que cantando se vienen y cantando se van». O de que embrutezca porque todo se basa en hacer camas y el pueblo se olvida de trabajar. No, no es verdad. Aunque algo hay de cierto.
No somos Tailandia. Pero aquí el sexo se convierte en incentivo principal del turismo. Acentuado por la liberación de la distancia, el alcohol, el sol, el desnudo, la noche, la luna… Demasiados cómplices.
En España, la oferta sexual para el turismo y la necesidad de un censo de más de 200.000 hombres y mujeres dedicados a este comercio presentan uno de los aspectos más oscuros del turismo. Paco Umbral, liberal y libertino, dedicó una de sus críticas más inclementes al turismo sexual. Se solidarizó —¡vivir para ver!— con el Papa para «erradicar ese inconfesable servicio que atenta a la libertad de las personas y al respeto de los cuerpos, donde se compra placer con el dolor ajeno».
Es posible que, sin la costumbre de recibir millones de turistas, no hubiésemos admitido con naturalidad a cinco millones de inmigrantes. Aunque más de la mitad venían a resolver problemas creados por el propio turismo: construir apartamentos o servir en la hostelería, donde el español ya no quería trabajar.
Es posible también que, en 20 o 30 años, el centro de las ciudades quede desfigurado por la sustitución de la tienda tradicional por ese comercio ferial del souvenir, las camisetas y las chucherías. Tiendas mal instaladas, con rótulos de ínfima calidad, so pretexto de la temporalidad, y escaparates que destruyen la estética de las zonas monumentales.
Es increíble que alguien considere el turismo una industria con futuro. No hay otro sector más injusto con quienes no son directamente beneficiados. El turismo dispara el consumo de agua y luz, que ya van incluidos en el precio de la habitación. El consumo es incontrolable. Sí sería controlable, pero no se hace, la contaminación de los mares y los puertos con ese turismo de cruceros que atracan en nuestras ciudades del litoral dejando poco dinero y muchos residuos. Este mismo descontrol se repite en las áreas de roulottes que aparcan en paseos marítimos, zonas playeras y solares vacíos.
Es increíble que un 20% de los turistas vuelvan a España de nuevo, pese a sus quejas por los precios, la calidad de la comida —congelada, precocinada, hasta liofilizada—, la masificación en las calles, museos y bares; el deterioro de las playas; la falta de limpieza en aseos y, sobre todo, el griterío en locales sin ningún tratamiento acústico.
Es probable que el turismo sea nuestra primera industria. Dos millones de personas —gran parte extranjeros— viven directamente del sector. Pero la mayoría paga las consecuencias: unos precios a la medida del que viene a gastar en el único viaje del año o —como los japoneses— , el único de toda su vida.
Es probable que el fútbol sea una de las mayores catapultas del turismo. Pero pocos viajeros hay más ajenos a la ciudad que visitan. Las 30, 40 o, como mucho, 50 horas que pasan allí carecen de más programa que la espera del partido con euforia o ansiedad. El viaje, al margen del fútbol, gira en torno al alcohol y el sexo. Y, tras el partido, más alcohol. Para celebrar o para olvidar.
El turismo ferial se le parece demasiado. Y Eurovegas va por ese camino. La única diferencia es que Eurovegas estará mejor organizado. Si no se juega con las cosas de comer, menos con las de jugar.
Se ha dicho que «mientras hay turismo no habrá guerras». Al sector se le atribuye una duradera pacificación mundial. Al constituir una invasión que implica atravesar fronteras y ocupar territorios, se resuelve la atávica querencia —que no sólo tienen los perros— de mear en suelo ajeno. Si le añadimos el orgullo de contar con indígenas a nuestro servicio y disfrutar de su patrimonio —palacios, iglesias, parques—, entonces ya tenemos esa sensación de dominio, casi de avasallamiento.
Es presumible que, pronto, los españoles se resignen a ceder su limitado espacio, que se nos disputa en el metro, los bares o los parques. Cualquier industria exporta y se deshace de su producción, alejando de sí lo que fabrica, que casi siempre contamina. El turismo, pese a que se le llame «exportación invisible», tiene que soportar al «importador» que consume en nuestra propia casa.
El turismo ha contribuido a la venta de millones de m² en bienes a extranjeros que no se sabe si son turistas, residentes o, incluso, ¡concejales del ayuntamiento! Esta superficie en manos de extranjeros puede superar la extensión de algunas provincias españolas, pero por su dispersión es muy difícil de inventariar.
La transparencia es mayor con los británicos. Antes de la entrada del euro se supo que 660.000 tenían propiedades en España. Desde entonces, habrán adquirido otras tantas. Frente a estos datos, Gibraltar queda reducido a media docena de calles de una ciudad de más de un millón de habitantes y una extensión 5.000 veces mayor que la del Peñón.
Es, más que evidente, audible que en España el turismo colabora para que aquí reine un ruido infernal. Ahora es un país grato para una generación que es feliz en una discoteca con 60 decibelios. Dentro de 30 años será un paraíso para esa generación que, ya en la tercera edad, viajen a España totalmente sordos.
¿CLIENTE O LADRÓN?
Pero la repercusión socio-ambiental más evidente del turismo es el cambio en el atuendo ciudadano, que se ha convertido en «playero». Cada año aumenta el desaliño de los turistas, que viajan con un equipaje mínimo y sin ropa apropiada para entrar en el Prado o la Sagrada Familia. Este desaliño ha hecho que los turistas a veces se confundan con mendigos. Los conserjes de los hoteles ya no se atreven a impedir el paso a nadie porque no sabrían distinguir quién es cliente y quién ladrón.
Mal está que el turismo nos encarezca la vida, pero peor que afecte a la calidad. Este sector desorbita las necesidades reales de un país. En una ciudad donde sólo eran necesarios cien restaurantes se abren mil, para lo que hay que improvisar 900 nuevos cocineros que difícilmente dan la talla. Y la cantidad desproporcionada de comidas ya no responde al precio y la calidad exigidas.
Y si sólo fuera molicie o dolce far niente… Pero hay algo más: el efecto negativo que tiene en la sociedad el uso de nuestro país como lugar de desahogo físico y psicológico, con grandes dosis de desenfreno. Las despedidas de soltero, o las celebraciones de divorcios, suponen ya cientos de vuelos desde Europa. Su destino suele ser Cataluña y Baleares, con estancias que rondan las 48 horas. No se debe comparar al «turismo sexual» de Riga, Cuba o Tailandia, pero nos obliga a importar contingentes de cortesanas y discípulos de Priapo para satisfacer a tantas amazonas arias y vikingas.
Si los turistas alcanzan los 100 millones al año y otros 20 nos escogen para envejecer, nuestro paisaje se verá alterado. Y no sólo nuestro litoral, ya irreconocible. También el interior, surcado por una fantástica red de carreteras con millares de túneles que impiden contemplar nuestra geografía y estudiar la historia en pueblos aislados de la obsesiva «alta velocidad». Ojalá se rectifique y a la prisa actual siga una declaración de España como «país lento».
Del turismo rápido al turismo basura se llega a la misma velocidad que de la comida rápida a la comida basura. Esperemos que la tan manoseada gastronomía no sea pronto pálido reflejo de lo que era cuando Otto Skorzeny y Orson Welles coincidían en que «comer en España era algo enorme». Hoy, desprovistos de aquellas materias primas excelentes, tendremos que importar el jamón de bellota que pronto harán los chinos, o el atún rojo que se llevan los japoneses de Barbate, o la carne de bueyes que se compran en Galicia para sacrificarse en Alemania y luego revenderla a precio de Kobe.
Si es verdad que Europa va a ser un geriátrico, ojalá no nos toque ser el cementerio de los elefantes o la planta de terminales. Porque a este paso… Claro que la prestación de asistencia hospitalaria corresponde a todo país receptor de extranjeros. Pero no el internamiento con demanda de cirugía o tratamientos, que es lo que caracteriza a nuestros turistas, no siempre de la tercera edad, que animan a sus compatriotas a que vengan a disfrutar de la generosidad del Estado español.
Además, el turismo de jóvenes va a necesitar otro tipo de cuidados, no precisamente paliativos. La permisividad española está favoreciendo la llegada de un turismo joven que viene a emborracharse por un puñado de euros. Alucinados por la luna del Mediterráneo y «alucinogenados» por toda clase de estimulantes, toman nuestras costas con más poderío que los americanos en el desembarco de Normandía. Fiestas programadas desde el extranjero que terminan con víctimas. Con sangre no en la arena ni en la calle Estafeta, sino en el fondo de las piscinas, tras arrojarse por el balcón del hotel.
Se trata de un negocio que acaba de condenar Arturo Pérez Reverte, como se merece el turismo que no consume otra cosa que alcohol y que nos desprestigia internacionalmente. Un turismo que Inglaterra nunca consentiría en Gibraltar.
Si este verano el número de turistas va a crecer un 6% no es por nuestros méritos, sino por las crisis de Siria, Egipto y Turquía. Si allí hay paz, se acabó nuestra gloria…
Pasan los años y no logramos un turismo de calidad. El de calidad sería un turismo no de tres días, sino de una semana. E itinerante. El Camino de Santiago produce más beneficios a una docena de ciudades que una visita de tres horas a Granada de cruceristasque atracan en Málaga o Motril. El turista de calidad, que hace años nos visitaba, no escupía en la calle, ni tiraba colillas, ni ocupaba parques para hacer picnic y tomar el sol en ropa interior.
Yo no veré, afortunadamente, a España convertida en el Singapur de Europa. Eso es lo que se ha propuesto Europa y lleva 30 años tratando de que así sea. Y Europa manda.
España ha recibido de la UE una media de 5.000 millones de euros anuales desde 1985. Nuestro país ha recibido más que el que más. El turismo está muy bien, pero al lado de estas cifras ni este sector, ni Eurovegas, ni los Juegos, son la panacea. Pese a ser el cuarto receptor de turistas —tras EEUU, Francia y China— el sector sólo representa el 11% del PIB. Sin tanto ruido, las nueces de la agricultura se aproximan al turismo, del que sólo le separan dos puntos. Y, encima, desciende de forma preocupante el turismo interior. Los precios, asequibles para los extranjeros, no lo son para nosotros. El turismo no nos va a sacar de pobres. Pero no importa. Quizás sea preferible ser pobres.
Cuando a la alcaldesa de Santillana del Mar le pregunté cómo había logrado que su pueblo fuera uno de los mejor conservados de Europa, me contestó: «Porque aquí siempre hemos sido muy pobres». Resulta que la gente pobre se conserva mejor —¿serán conservadores?—, están sanos y viven más. Ya lo saben.
O sea que no he dicho nada. Sigamos con el turismo. Y a nuestro aire ¿Para qué vamos a cambiar? A nosotros lo que nos va es la Posada del Peine o la Casa de Tócame Roque. No importa que haya «mucho ruido y pocas nueces». ¡Viva el ruido y viva la Pepa! España es feliz siendo de todos y para todos. Como la Dolores y como la Bernarda…
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Los turistas vienen huyendo a España. Gracias a la inestabilidad en Turquía y Egipto, este año recibiremos 730.000 más de los previs-tos. En el primer semestre de 2013 ya nos visitaron 26,14 millones de extranjeros. Se espera que, a final de año, rondemos los 60 millones, con una facturación de 45.000 millones. ¿Se notará en el paro? En 2012, España recibió 57,7 millones de turistas, un 2,7% más que el año anterior. Pero el empleo en el sector cayó un 5,2%, hasta los 1,9 millones de trabajadores. Será porque los turistas cada vez gastan menos: sólo 110€ por día, un 4,4% menos que en 2012image

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