Rumor: La forma de comunicacion mas antigua del mundo y a veces, la mas perversa. Comentario articulo Xavi Ayen via La Vanguardia

Hasta la invención de la escritura, el principal canal de comunicación dentro de las civilizaciones era el contacto cara a cara. Las novedades circulaban por vía oral y, a menudo, bajo la forma de rumores. Con la introducción de la comunicación escrita y, más tarde, con la explosión de los medios de comunicación masivos (fundamentalmente prensa, radio y televisión), se pensaba en el ocaso del poder del rumor. Sin embargo, tendremos oportunidad de ver cómo, lejos de desaparecer, los rumores se han especializado.
No parece que sea forzar mucho las cosas admitir que los rumores cumplen con los requisitos comúnmente aceptados para la comunicación humana. Se trata de transmisión de información entre personas, realizada mediante signos que se utilizan con el interés de causar un efecto más o menos previsible . En consecuencia, debe aceptarse que, como cualquier otro medio de difusión de mensajes, puede ser utilizado bien o mal. Esto es, como cauce apto para enviar informaciones ciertas o, por el contrario, como factor distorsionante de la realidad. De ahí que una interpretación meramente negativa resulte parcial, al dejar sin explicar – conformándose con calificarlas de patológicas – buena parte de las manifestaciones más específicas de este fenómeno.
Lamentablemente, las consecuencias de esta concepción negativa no son sólo teóricas, sino que esconden una pretensión inútilmente depuradora: evitar de raíz que circule cualquier especie falaz. Pero, el único medio verdaderamente eficaz para eliminar los rumores – interpretados erróneamente como fuente principal de falsedades – consiste en prohibir que la gente hable. En efecto, si se pretende que sólo circule información fidedigna, no hay otro camino que controlar la palabra, impidiendo toda noción que se aparte de la oficial. Desde esta perspectiva, se entienden los cinco “consejos” propuestos por Knapp para evitar la proliferación de los rumores:
1º. procurar que la gente conserve una absoluta confianza en los medios de comunicación oficiales, evitando que acudan a otras fuentes.
2º . alimentar una fe total del pueblo en sus gobernantes, de forma que no se dé lugar a sospechas ni a falta de confianza en su gestión.
3º . cuando se produzca un acontecimiento de especial importancia deben difundirse rápidamente el máximo de informaciones explicando el suceso.
4º . establecer los medios eficaces para eliminar todos los focos de ignorancia, puesto que no basta con limitarse a difundir las noticias.
5º, mantener a la población libre de la ociosidad para no dar lugar a la invención de historias.
Si en el contexto de una guerra tales consejos pueden parecer legítimos, mantenidos en tiempos de paz hacen pensar en un régimen totalitario obsesionado por el control de la información. Efectivamente, la aplicación de estas medidas apunta directamente a eliminar cualquier tipo de mensaje o conocimiento que no proceda directamente del gobierno. Ahora bien, en tal caso, ¿dónde quedan la libertad de expresión y la libertad de prensa? Se pretende una “fe total” de los ciudadanos en los dirigentes políticos, pero no se procura ninguna justificación de tal pretensión. Aun admitiendo que los rumores sean absolutamente perjudiciales, el remedio aquí propuesto parece peor que la enfermedad. Pero, resulta que además no puede ser eficaz, ni en el fin ni en los medios: cuando las fuentes oficiales se evidencian insuficientes no hay forma pacífica de impedir que el pueblo “acuda a otras fuentes”. Sólo mediante la represión se alcanza a evitar la proliferación de focos informativos no autorizados . Sin embargo, ¿se consigue con eso erradicar los rumores o más bien se fomenta su intercambio? Cuando se impide la comunicación libre entre personas, sólo queda el recurso al runruneo, por varios motivos: es rápido, no deja pruebas de su transmisión, su contenido es convincente y encierra un interés inmediatamente personal, el contacto es breve y entre individuos que se conocen y no van a delatarse.
En definitiva, hemos de admitir que, pese a su mala fama, los rumores, en determinadas circunstancias y siempre que no caigan en el enredo, abren un espacio a la libertad. Se convierten en garantes de la verdad. Por eso soportan cualquier mentís que provenga del poder. Podemos recordar, en este sentido, los numerosos rumores que se generaron en torno a las informaciones oficiales vertidas durante la última enfermedad de Franco. La mayor parte de los grupos sociales manifestaron una actitud crítica sobre la información aparecida, sobre la forma de dar las noticias y sobre sus contradicciones y vacíos, que les impedían enterarse de lo que ocurría. Los ciudadanos estaban interesados en el transcurso de la enfermedad, en su proceso irreversible o en su posible recuperación, pero lo que verdaderamente les importaba no era tanto la operación quirúrgica cuanto la operación política, el proceso sucesorio.
De esta forma, va emergiendo una de las notas más típicas de esta forma de comunicación, nota que había pasado desapercibida para las definiciones que anteriormente hemos examinado. Quizá el que con más claridad la ha señalado sea Jean-Noel Kapferer, presidente de la Fundación para el Estudio de la Información sobre los Rumores, que afirma tajante que
el contenido del rumor no está caracterizado por su naturaleza de noticia verificada o no, sino por poseer unafuente no oficial. (…) Llamaremos rumor a la aparición y circulación en la colectividad social de informaciones que aún no han sido confirmadas públicamente por las fuentes oficiales, o que éstas han desmentido. El “se dice que” es una negación, ya sea porque el rumor se ha adelantado a la fuente oficial (rumores de dimisiones o de devaluaciones), ya porque se opone a ella .
La prueba es sencilla. Si un rumor es desmentido por un portavoz oficial no por eso deja de existir, antes bien sale reforzado o se adapta; mientras que si es confirmado, cesa como rumor: ha dejado de ser no oficial. En definitiva, lo que propiamente distingue a los rumores de otras formas de comunicación no es tanto la vinculación de su contenido con la realidad (verdad o falsedad) como su carácter de susurro, casi clandestino y siempre confidencial.
Por eso, el desarrollo de los medios de comunicación de masas no ha conseguido extinguirlos, antes bien los ha ubicado como una fuente de información paralela, no descendente – como la oficial – sino horizontal . Es una información que se propaga dentro de grupos homogéneos, a los que proporciona la cohesión propia del secreto compartido. El ser portador sigiloso del misterio asegura la participación en el grupo, da prestigio. Polarizados los esfuerzos en controlar las posibles habladurías vertidas por el rumor, suele pasarse por alto el importante papel de aglutinador social que desempeña. En primer término como tema de conversación, que además sirve para comprobar si nuestras opiniones coinciden con las del grupo. En segundo lugar, por su interés pragmático, porque puede anunciar cambios que nos afecten. Y por último, debido a su forma de transmisión, que requiere la aprobación de su contenido por parte de cada uno de los individuos que van a servir de portadores, dando lugar a que su criterio de verdad sea el consenso.
El rumor, en cuanto que fenómeno comunicativo no falsifica necesariamente el mensaje que transporta, sólo lo hace furtivo, independiente por naturaleza del control central. Tampoco es cierto que desfigure de manera inevitable el significado al hacerlo pasar de una persona a otra. Algunos rumores, en su brevedad, son extraordinariamente fieles a su formulación desde el principio al final. Así por ejemplo, tanto el chisme que acusa a McDonald’s de utilizar gusanos en la confección de sus populares hamburguesas , como el que irreflexivamente asegura que “los cigarrillos Camel contienen opio”, se han mantenido inalterables a lo largo del tiempo .
Hasta la actualidad el estudio de los rumores ha estado marcado por el prejuicio de que son necesariamente falsos, distorsionantes e irracionales. Hemos tratado de ver que esta concepción es insostenible. Su convivencia con los medios de comunicación muestra que no son simplemente un sustituto de la información oficial y controlada, que circula de arriba abajo, de los que saben a los que ignoran. No, más bien son un medio complementario, informal, muy utilizado y probablemente el más antiguo del mundo.
La concepción negativa que asocia a los rumores con la falsedad pretende que la única comunicación que existe es la controlada. Los rumores mismos presentan otra versión: no hay más información que la que procede de una comunicación libre. Ahora bien, si los rumores falsos son el precio que hemos de pagar por los rumores fundamentados, será necesario despertar los mecanismos personales de control a la hora de juzgarlos.

XA­VI AYÉN
La Vanguardia
8 de agosto de 2013

Pa­re­ce ser que hay prue­bas cla­ras de que el hom­bre nun­ca lle­gó a la Lu­na pe­ro se es­con­den por el al­bo­ro­to que su­pon­dría des­cu­brir el mon­ta­je. Se co­men­ta, ade­más, que X, aquel pa­dre de fa­mi­lia mo­dé­li­co, tie­ne un no­vio en se­cre­to. Y se ve que una fa­mo­sa be­bi­da re­fres­can­te cau­sa al me­nos un 37% de las muer­tes por cán­cer…

El ru­mor es, co­mo di­jo al­guien, “el me­dio de co­mu­ni­ca­ción más an­ti­guo del mun­do”. Pue­de sor­pren­der su vi­gen­cia en pleno si­glo XXI. Sin em­bar­go, co­mo ex­pli­ca Marc Ar­ge­mí (Sa­ba­dell, 1979) en el en­sa­yo Ru­mors en gue­rra (Acon­tra­vent) tie­ne mu­cho que ver con la na­tu­ra­le­za hu­ma­na.

“Un ru­mor se di­fun­de muy rá­pi­da­men­te, se cree, se trans­for­ma y lle­ga a pro­vo­car quie­bras de em­pre­sas o si­tua­cio­nes de pá­ni­co. Tie­nen mu­cho que ver con lo irra­cio­nal, con nues­tros mie­dos, sue­ños, pre­jui­cios y va­ni­da­des, y por eso han fra­ca­sa­do los que creen que se les pue­de ha­cer fren­te só­lo con la ló­gi­ca y la ra­zón. El ru­mor es­tá com­pues­to de nues­tras ne­ce­si­da­des in­te­rio­res, es la vi­da mis­ma”. Ar­ge­mí es doc­tor en Co­mu­ni­ca­ción por la Uni­ver­si­tat Au­tò­no­ma de Bar­ce­lo­na (UAB) y su tra­ba­jo se ocu­pa de una cues­tión po­co con­tem­pla­da en los pla­nes de es­tu­dio.

“El ru­mor es co­mo un vi­rus que tie­ne un há­bi­tat don­de pue­de vi­vir”, ex­pli­ca. Por lo tan­to, “cir­cu­lan más du­ran­te las si­tua­cio­nes de an­gus­tia per­so­nal o in­cer­ti­dum­bre ge­ne­ral y una gue­rra es un te­rreno pro­pi­cio pa­ra es­tu­diar­los, por­que la gen­te los bus­ca”. En la se­gun­da gue­rra mun­dial, se­gún ha ob­ser­va­do el au­tor en los más de 1.300 do­cu­men­tos ori­gi­na­les del Po­li­ti­cal War­fa­re Exe­cu­ti­ve –prin­ci­pal ór­gano de pro­pa­gan­da bri­tá­ni­co– del Ar­chi­vo Na­cio­nal del Reino Uni­do, hu­bo una au­tén­ti­ca gue­rra de ru­mo­res en­tre la Ale­ma­nia na­zi y la Gran Bre­ta­ña de Chur­chill. La mi­sión de los bri­tá­ni­cos era crear en Hitler “una ima­gen to­tal­men­te fic­ti­cia de lo que ten­dría que afron­tar” si de­ci­día in­va- dir­los. Los in­gle­ses co­pia­ron el ar­ma na­zi del ru­mor ins­pi­ra­do, si­guien­do si­mi­la­res pro­ce­di­mien­tos. Exis­tió una au­tén­ti­ca es­truc­tu­ra de es­ta­do –bien, dos– que emi­tía men­sa­jes, ocul­tan­do su ori­gen y su ob­je­ti­vo, atri­bu­yen­do las in­for­ma­cio­nes a fuen­tes de la má­xi­ma au­to­ri­dad, con da­tos ve­ro­sí­mi­les re­pe­ti­dos muy fre­cuen­te­men­te. Los mis­mos or­ga­nis­mos es­ta­ta­les di­vi­dían cla­ra­men­te –co­mo los ma­gos de la es­cue­la Hog­warts- lo que con­si­de­ra­ban pro­pa­gan­da blan­ca –la que se ha­ce abier­ta­men­te, con eti­que­ta y ade­más es ver­dad– de la pro­pa­gan­da ne­gra, es de­cir, “la que no tie­ne pa­dre ni ma­dre y que pue­de ser fal­sa”.

“El ori­gen del li­bro es la pre­gun­ta que me hi­ce un día: ¿por qué da­mos cre­di­bi­li­dad a un pe­rio­dis­ta o a un dia­rio? El ru­mor era el con­tra­ejem­plo: una co­sa que cree­mos aun­que tie­ne ma­la fa­ma. In­clu­so el ru­mor más in­creí­ble tie­ne su pú­bli­co”.

Así, el in­ves­ti­ga­dor ob­ser­vó que, en tiem­po de paz, el há­bi­tat más fa­vo­ra­ble al ru­mor “es un en­torno sin con­fian­za en las ins­ti­tu­cio­nes, los lí­de­res, los me­dios ni los mer­ca­dos”. Pa­sean­do por el Ra­val bar­ce­lo­nés, se dio cuen­ta tam­bién de que “el ru­mor y la in­mi­gra­ción van muy li­ga­dos, es in­creí­ble to­do lo que se pue­de lle­gar a de­cir de los di­fe­ren­tes gru­pos ét­ni­cos”,

El li­bro pro­vo­ca la cu­rio­sa sen­sa­ción de que, a pe­sar de re­fe­rir­se ma­yo­ri­ta­ria­men­te a he­chos del pa­sa­do, nos es­tá ha­blan­do de nues­tra épo­ca. Don­de Ar­ge­mí ci­ta co­ro­ne­les y ba­ta­llas de la Eu­ro­pa de los años 40, el lec­tor adi­vi- na con­flic­tos más re­cien­tes, en Iraq o el nor­te de Áfri­ca, y ca­si oye ha­blar a po­lí­ti­cos ac­tua­les cuan­do Chur­chill di­ce que “la ver­dad es tan pre­cio­sa que tie­ne que ser pro­te gi­da por un guar­da es­pal das de men­ti­ras”.

Los ma­nua­les bri­tá­ni­cos cer­ti­fi­can va­rias co­sas, co­mo que el ru­mor es uno ar­ma de gue­rra tan ex­ten­di­da –o más– que la vio­la­ción o los bom­bar­deos, y que se apro­ve­cha de una de­bi­li­dad hu­ma­na uni­ver­sal: sa­ber aque­llo que na­die más sa­be ha­ce que, pa­ra­dó­ji­ca­men­te, por va­ni­dad, se quie­ra ha­cer co­no­cer a los otros que se sa­be al­go y se aca­be di­vul­gan­do. El emi­sor tie­ne que es­tar li­bre de to­da sos­pe­cha y por eso los ser­vi­cios se­cre­tos bri­tá­ni­cos uti­li­za­ron una emi­so­ra de ra­dio bá­va­ra en ale­mán que se ha­cía pa­sar –muy ve­ro­sí­mil­men­te– por na­zi.

Ade­más de los me­dios de co­mu­ni­ca­ción –pre­fe­rían, so­bre to­do, los co­rres­pon­sa­les ex­tran­je­ros de pres­ti­gio, con quie­nes se reunían los agen­tes pa­ra fil­trar­les su­pues­tas ex­clu­si­vas– los gran­des ho­te­les in­ter­na­cio­na­les –co­mo el Pa­la­ce de Bar­ce­lo­na o el Grand Ho­tel de Es­to­col­mo- ju­ga­ban un pa­pel bá­si­co y en sus ele­gan­tes ca­fe­te­rías y pa­si­llos se ha­cían co­rrer las des­in­for­ma­cio­nes que an­tes ha­bían apro­ba­do los res­pec­ti­vos es­ta­dos ma­yo­res. Así, por ejem­plo, en sep­tiem­bre de 1940, se hi­zo cir­cu­lar “que los bri­tá­ni­cos te­nían una nue­va ar­ma, una mi­na que se lan­za­ba des­de un avión y que, en vez de ex­plo­tar, ex­ten­día una ca­pa fi­ní­si­ma de lí­qui­do in­fla­ma­ble so­bre el agua en un área enor­me y que, por lo tan­to, in­cen­dia­ba el mar”.

Tam­bién se crea­ron am­plias ofi­ci­nas pa­ra con­tra­rres­tar los ru­mo­res del enemi­go. “Ha­bía va­rios mé­to­dos pa­ra des­ac­ti­var­los, co­mo por ejem­plo ha­cer cir­cu­lar ver­sio­nes con­tra­dic­to­rias o apli­car el sen­ti­do del hu­mor has­ta ri­di­cu­li­zar un ru­mor”. En los Es­ta­dos Uni­dos de los años 40, con vo­lun­ta­rios y ex­per­tos en psi­co­lo­gía, se crea­ron las pri­me­ras clí­ni­cas an­ti­rru­mo­res, unos or­ga­nis­mos no gu­ber­na­men­ta­les que es­ti­mu­la­ron al go­bierno a crear su pro­pio cen­tro. Una de las clí­ni­cas más efi­ca­ces es sno­pes.com, fuen­te inago­ta­ble de ru­mo­res ana­li­za­dos en sus mí­ni­mos de­ta­lles.

El ca­so es que “no exis­te una va­ri­ta má­gi­ca ca­paz de des­truir un ru­mor, por­que a ve­ces es­te es un di­ver­ti­men­to egó­la­tra, otras la ex­pre­sión de un ma­les­tar pro­fun­do, una chis­pa que ali­men­ta odios y re­sen­ti­mien­tos”. Te­ne­mos ten­den­cia a creér­nos­los por­que eso “ale­ja del ais­la­mien­to, ha­ce for­mar par­te de un gru­po, re­fuer­za nues­tra ten­den­cia a la ho­mo­ge­nei­dad”. Sin em­bar­go, hay ca­te­go­rías y los ru­mo­res más di­fí­ci­les de con­tra­rres­tar son los que dan “in­for­ma­cio­nes reales pe­ro aña­den in­ter­pre­ta­cio­nes fal­sas”.

El li­bro re­co­no­ce la ta­rea de la BBC du­ran­te los bom­bar­deos de Gran Bre­ta­ña por­que “opo­nién­do­se a la opi­nión del mis­mo Chur­chill, de­ci­die­ron ofre­cer in­for­ma­ción fia­ble so­bre los des­tro­zos y su ta­sa de cre­di­bi­li­dad al­can­zó hi­tos al tí­si­mos . Era bá­si­co ga­nar­se la con­fian­za de la gen­te, y con­si­guie­ron que 4 mi­llo­nes de ale­ma­nes se in­for­ma­ran de la gue­rra a tra­vés de la BBC en ale­mán: las vic­to­rias bri­tá­ni­cas se des­cri­bían so­bria­men­te y se enu­me­ra­ban to­das las de­rro­tas, an­tes in­clu­so que el ser­vi­cio de in­for­ma­ción na­zi. La me­jor pro­pa­gan­da es la que no lo pa­re­ce”.

Ar­ge­mí tie­ne in­te­rés en pun­tua­li­zar que “no to­dos los ru­mo­res son ma­los o fal­sos. A ve­ces son una briz­na de es­pe­ran­za cuan­do no que­da en quién con­fiar, por­que el ca­nal de in­for­ma–

ción ofi­cial no es creí­ble. Pue­de ser una an­te­sa­la de la no­ti­cia”.

En la era de in­ter­net el ru­mor co­bra más fuer­za. ¿Ma­la co­sa pa­ra los pe­rio­dis­tas? ¡“Al con­tra­rio! –sal­ta, op­ti­mis­ta, el au­tor– el pe­rio­dis­ta se con­vier­te en un ele­men­to bá­si­co, es un cor­ta­fue­gos, da o no cre­di­bi­li­dad al ru­mor”.

La no­ve­dad es que, con in­ter­net, “la in­for­ma­ción ma­la se man­tie­ne en el ci­be­res­pa­cio mien­tras que las con­ver­sa­cio­nes tó­xi­cas de bar se des­va­ne­cían. To­do se di­fun­de muy rá­pi­da­men­te y el ru­mor, con su ló­gi­ca, es­tá des­pla­zan­do la no­ti­cia y sus cri­te­rios y es­tán­da­res co­mo pro­duc­to pre­do­mi­nan­te del con­su­mo de in­for­ma­ción”. La no­ti­cia es “un pro­duc­to muy tra­ba­ja­do, muy com­pro­ba­do, que pa­sa por con­tro­les de ca­li­dad, y por eso tie­ne el pres­ti­gio. La ven­ta­ja del ru­mor es que lle­ga pri­me­ro y se ex­tien­de más rá­pi­do pe­ro es un asal­to a las esen­cias del pe­rio­dis­mo. En in­ter­net se di­fun­de cual­quier co­sa ve­ro­sí­mil o es­pec­ta­cu­lar… El pe­rio­dis­mo ya no tie­ne que com­pe­tir, creo, en ser el pri­me­ro sino en cre­di­bi­li­dad”. El ries­go ac­tual se­ría, cree, el adel­ga­za­mien­to de las re­dac­cio­nes y la ex­ter­na­li­za­ción por­que “en­ton­ces son otros los que aca­ban ha­cien­do de fil­tro, y los ga­bi­ne­tes de pren­sa co­lo­can sus re­la­tos di­rec­ta­men­te”.

Ana­li­za ca­sos con­cre­tos de ru­mo­res que des­pres­ti­gia­ban a po­lí­ti­cos, ha­cién­do­les pa­sar por al­cohó­li­cos, co­mo el me­xi­cano Fe­li­pe Cal­de­rón o el ca­ta­lán Pas­qual Ma­ra­gall –“un ru­mor fal­so pe­ro di­fí­cil de con­tra­de­cir a ve­ces por ele­men­tos fí­si­cos co­mo el as­pec­to o la voz”– y de otros que han am­plia­do el ca­tá­lo­go de le­yen­das ur­ba­nas, co­mo un e-mail co­lec­ti­vo que, en el 2007, hi­zo creer a de­ce­nas de mi­les de per­so­nas en to­do el mun­do que una mu­jer ha­bía muer­to al be­ber un re­fres­co por­que “la par­te su­pe­rior de la la­ta es­ta­ba con­ta­mi­na­da de ori­na de ra­ta y, se­gún un es­tu­dio que se ci­ta­ba, esos en­va­ses es­ta­ban más in­fec­ta­dos que las ta­pas de los la­va­bos pú­bli­cos”.

El en­sa­yo es una par­te –de­bi­da­men­te sua­vi­za­da– de la te­sis doc­to­ral de Ar­ge­mí, di­ri­gi­da por Sal­va­dor Car­dús. De su tra­ba­jo an­te­rior, en la ofi­ci­na de pren­sa del Opus Dei, di­ce que se en­fren­tó al te­ma “al re­ba­tir in­for­ma­cio­nes que la gen­te ex­traía de la no­ve­la

El có­di­go Da Vin­ci de Dan Brown”. Ac­tual­men­te, ha mon­ta­do la con­sul­to­ría Si­bi­la­re, es­pe­cia­li­za­da, có­mo no, en cues­tio­nes de cre­di­bi­li­dad. Se ru­mo­rea que tie­ne clien­tes muy im­por­tan­tes…

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