El silencio de la buena gente. Comentario al articulo de Salvador Cardus en La Vanguardia

Ayer lei este magnifico articulo de Salvador Cardus que me hizo reflexionar y que realmente es un reflejo de lo que pasa en nuestra sociedad actual. Parece que las minorias ruidosas, que aquellos que disponen de mas medios para crear corriente de opinion, son los que conducen las decisiones o al menos influencian en el devenir de los acontecimientos. Es curioso comprobar como a veces ocurren cosas, incluso de enorme importancia y calado porque algunos las han manipulado o quizas gestionado con tal habilidad que modifican el pensamiento y la decision de otros. Si el objeto a decidir es complejo, aun mejor, porque simplificando demagogicamente algunos puntos, se puede influir con cierta facilidad. Luego , pasa lo que pasa y los hay que se arrepienten de haber actuado o no actuado porque carecian de la informacion real y veraz. Por otro lado, hay una enorme mayoria silenciosa que bien por pereza, por desgana o por timidez, decide no ejercer su derecho y yo diria que obligacion, a aportar su opinion y/o decision ( a veces voto) y que con su abstencion, suelen convertirse en corresponsables de lo que se decida y en el futuro, de lo que pueda devenir o suceder. Muchos a veces dicen: ” si lo hubiera sabido, me habria movilizad” pero es “too late”. Vivimos en una sociedad que anda desorientada, en donde las penurias influyen de forma negativa en las decisiones a tomar pues los humanos solemos enfocar el corto plazo y pensamos que alguien proveera en el largo. Es entonces cuando los mas activos y ruidosos, aprovechan la apatia de algunos y tratan de aprovecharse de ello , curiosamente tratando de marginar a los que opinan distinto convirtiendoles en anti sistema ( su sistema) , avergonzandoles de poder dar su opinion bajo sospecha de no estar alineados con lo que piensa la mayoria ( la ruidosa, claro, pero eso no se dice) y con esta accion perversa, se consigue que la opinion, es decir el SILENCIO DE LA BUENA GENTE, se convierta en perfecta coartada para los planes de los mas ruidosos. Es curioso observar la posicion de que la afirmacion, “no quiero meterme en lios” y por ello me abstengo, provoca que a posteriori los lios sea mayores y las consecuencia peores. Es por ello, QUE EL SILENCIO DE LA BUENA GENTE, DEBE TRANSFORMARSE EN OPINION Y VOZ para poder decidir en democracia lo que TODOS queremos y que la decision se vote con un amplio quorum y que la mayoria sea como minimo de 2/3 para que se apruebe.

Sal­va­dor Car­dús i Ros sal­va­dor.car­dus@uab.cat
La Vanguardia
8 de agosto de 2013

Una de las sen­ten­cias más co­no­ci­das de Mar­tin Lut­her King (1929-1968) re­za: “Los de nues­tra ge­ne­ra­ción ten­dre­mos que arre­pen­tir­nos no tan só­lo de las pa­la­bras y las ac­cio­nes in­fa­mes de la ma­la gen­te, sino tam­bién del te­rri­ble si­len­cio de la bue­na gen­te”. El gran lu­cha­dor por los de­re­chos ci­vi­les de los afro­ame­ri­ca­nos en Es­ta­dos Uni­dos, pre­mio No­bel de la Paz en 1964, na­ci­do en Atlan­ta y ase­si­na­do en Memp­his, te­nía to­da la ra­zón. Y si al­gu­na ob­ser­va­ción de­be ha­cer­se a su de­nun­cia es que no se tra­ta tan só­lo de un es­cán­da­lo pa­ra su ge­ne­ra­ción, sino que pue­de de­cir­se de cual­quier otro tiem­po.

Me ha pa­re­ci­do opor­tuno re­cor­dar aho­ra es­ta fra­se por­que, hi­per­sen­si­bi­li­za­dos por las cri­sis eco­nó­mi­ca y po­lí­ti­ca ac­tua­les, des­cu­bri­mos es­can­da­li­za­dos –no sin un cier­to fa­ri­seís­mo– que abun­dan los com­por­ta­mien­tos mal­va­dos, al por ma­yor y al por me­nor. Una mal­dad pa­ra la que bus­ca­mos res­pon­sa­bles es­truc­tu­ra­les, no fue­ra el ca­so que tam­bién nos sal­pi­ca­ra per­so­nal­men­te. Se cul­pa al sis­te­ma, al ca­pi­ta­lis­mo sal­va­je, al neo­li­be­ra­lis­mo y a las éli­tes ex­trac­ti­vas que se apro­ve­chan de to­dos ellos, con una re­tó­ri­ca que per­mi­ta dis­tin­guir, con to­da cla­ri­dad, a los bue­nos de los ma­los, a las víc­ti­mas de los ver­du­gos. A di­fe­ren­cia de aque­lla vie­ja y tan lú­ci­da idea del “pe­ca­do ori­gi­nal” que se­ña­la­ba la frá­gil na­tu­ra­le­za de to­dos los in­di­vi­duos, aho­ra nos in­cli­na­mos por di­fe­ren­ciar ma­ni­quea­men­te a los inocen­tes –no­so­tros– de los pe­ca­do­res, que se­rían las mi­no­rías be­ne­fi­cia­das por el mal es­truc­tu­ral.

No se tra­ta, cla­ro es­tá, de ne­gar la exis­ten­cia de una or­ga­ni­za­ción so­cial que aca­rrea im­plí­ci­tas to­do ti­po de dis­cri­mi­na­cio­nes, in­jus­ti­cias y abu­sos ha­cia las per­so­nas. Ni tam­po­co, ape­lan­do a la na­tu­ra­le­za hu­ma­na, se tra­ta de di­luir la res­pon­sa­bi­li­dad de los agen­tes di­rec­tos de la mal­dad, ins­cri­ta en sus de­ci­sio­nes. Sin em­bar­go, des­de mi pun­to de vis­ta, a es­tas crí­ti­cas les fal­ta aque­lla ter­ce­ra pers­pec­ti­va que se­ña­la la sen­ten­cia de Lut­her King: el te­rri­ble si­len­cio de la bue­na gen­te. Es de­cir, le fal­ta una re­fle­xión so­bre la na­tu­ra­le­za de la con­ni­ven­cia de las ma­yo­rías su­pues­ta­men­te inocen­tes con es­tos ma­les.

Sin que­rer for­zar la pro­xi­mi­dad en­tre con­cep­tos que tie­nen su pro­pio es­pa­cio de sig­ni­fi­ca­ción, la fra­se de Lut­her King me lle­va a la no­ción de Han­nah Arendt so­bre la “ba­na­li­dad del mal”. Es de­cir, so­bre la in­sen­si­bi­li­dad que, pa­ra­dó­ji­ca­men­te, ge­ne­ra la mal­dad ma­si­va, qui­zás pa­ra no su­cum­bir a ella o pa­ra po­der so­bre­vi­vir­la sin te­ner que lle­gar a des­pre­ciar­nos. A to­da la bue­na gen­te que ca­lla an­te la in­jus­ti­cia, el he­cho de ser bue­na gen­te no la dis­cul­pa en ab­so­lu­to, sino que por es­ta mis­ma ra­zón su si­len­cio re­sul­ta to­da­vía más te­rri­ble.

En psi­co­lo­gía so­cial se co­no­ce el bys­tan­der ef­fect, tam­bién de­no­mi­na­do “efec­to es­pec­ta­dor”. Es­tu­dia­do en el la­bo­ra­to­rio des­de 1968 por J. Dar­ley y B. La­ta­né, fue des­cu­bier­to a par­tir de un ca­so real que unos años an­tes ha­bía es­can­da­li­za­do a la opi­nión pú­bli­ca nor­te­ame­ri­ca­na. Kitty Ge­no­ve­se, una ca­ma­re­ra de Nue­va York, el 13 de mar­zo de 1964 mo­ría ase­si­na­da de unas pu­ña­la­das cuan­do vol­vía del tra­ba­jo, de­lan­te del por­tal de su ca­sa en Kew Gar­dens, Queens. Kitty, de 28 años, pi­dió ayu­da pe­ro el ve­cin­da­rio que la oyó gri­tar no hi­zo na­da pa­ra so­co­rrer­la. Pa­sa­ron bas­tan­tes mi­nu­tos has­ta que al­guien te­le­fo­neó a la po­li­cía. Un ar­tícu­lo de pren­sa pu­bli­ca­do un par de se­ma­nas más tar­de, con tes­ti­mo­nios de los ve­ci­nos, abrió una gran po­lé­mi­ca so­bre el por­qué de la fal­ta de reac­ción ciu­da­da­na. El bys­tan­der ef­fect, en de­fi­ni­ti­va, sos­tie­ne que cuan­ta más gen­te es­tá pre­sen­te en una si­tua­ción de emer­gen­cia, me­nos son los que se mues­tran dis­pues­tos a ayu­dar a quien es­tá en ries­go. Las ex­pli­ca­cio­nes apun­tan a una di­so­lu­ción de la res­pon­sa­bi­li­dad ( dif­fu­sion of res­pon­sa­bi­lity) en si­tua­cio­nes de ma­sa y a com­por­ta­mien­tos imi­ta­ti­vos que ha­cen creer al in­di­vi­duo que lo que ha­ce la ma­yo­ría es lo co­rrec­to. Pe­ro que la psi­co­lo­gía so­cial se in­tere­sa­ra por el efec­to es­pec­ta­dor des­de me­dia­dos de los años se­sen­ta, no quie­re de­cir que se tra­ta­ra de na­da de nue­vo. La pá­gi­na web List­ver­se, a la ho­ra de es­co­ger los 10 ca­sos más no­to­rios de bys­tan­der ef­fect, no tie­ne nin­gún in­con­ve­nien­te en em­pe­zar por la pa­rá­bo­la del buen sa­ma­ri­tano, has­ta lle­gar a la ex­pul­sión de sus tie­rras de las tri­bus au­tóc­to­nas en Nor­tea­mé­ri­ca o al pro­pio ho­lo­caus­to. Es de­cir, ca­sos que mues­tran esa in­di­fe­ren­cia ge­ne­ral de la bue­na gen­te an­te el abu­so ma­si­vo, esa ba­na­li­dad del mal que pue­de lle­gar a ha­cer­lo tan bru­tal­men­te so­por­ta­ble.

Ca­da una de las pers­pec­ti­vas men­cio­na­das uti­li­za he­rra­mien­tas dis­tin­tas. La apro­xi­ma­ción éti­ca del pas­tor pro­tes­tan­te Mar­tin Lut­her King; la mi­ra­da des­de la teo­ría po­lí­ti­ca de Han­nah Arendt o el aná­li­sis cien­tí­fi­co del com­por­ta­mien­to hu­mano de Dar­ley y La­ta­né. To­dos re­fle­xio­nan so­bre un mis­mo fe­nó­meno: el de la res­pon­sa­bi­li­dad, mo­ral, po­lí­ti­ca y so­cial de quien asis­te, si­len­cio­so e in­di­fe­ren­te, al es­pec­tácu­lo del mal. Sin em­bar­go, co­mo de­cía al prin­ci­pio, la in­quie­tud que que­ría ex­pre­sar en es­te ar­tícu­lo no es tan só­lo la que pro­du­ce el si­len­cio, sino muy par­ti­cu­lar­men­te la de la de­nun­cia de la mal­dad preo­cu­pa­da en sa­cu­dir­se de en­ci­ma la res­pon­sa­bi­li­dad de una con­ni­ven­cia in­di­fe­ren­te, la que se de­di­ca a fa­bri­car víc­ti­mas inocen­tes, en lu­gar de in­vi­tar a una re­fle­xión au­to­crí­ti­ca so­bre la com­pli­ci­dad de la bue­na gen­te con el mal que se de­nun­cia. Di­cho de otra ma­ne­ra: la de­nun­cia del si­len­cio de la bue­na gen­te an­te la in­jus­ti­cia, de la ba­na­li­dad del mal o del bys­tan­der ef­fect de­be­ría ale­jar­nos del ma­ni­queís­mo im­plí­ci­to en de­ter­mi­na­das for­mas de crí­ti­ca so­cial que nos ha­ce creer, in­ten­cio­na­da­men­te o no, que rom­pien­do el si­len­cio y se­ña­lan­do a un cul­pa­ble, ya que­da­mos li­be­ra­dos de to­do ejer­ci­cio au­to­crí­ti­co.

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