Los mismos cabrones by J Luna via La Vanguardia

“Los mis­mos ca­bro­nes…”
Joa­quín Lu­na
La Vanguardia
22 de mayo de 2013

So­bre li­de­raz­go hay mu­chos li­bros, y ca­si to­dos an­glo­sa­jo­nes; so­bre la de­bi­da obe­dien­cia, más bien po­cos.

Es­pa­ña tie­ne un pro­ble­ma an­ti­guo: los que man­dan man­dan mu­cho y ar­bi­tra­ria­men­te, mien­tras que el pue­blo llano se ha pro­te­gi­do con el con­for­mis­mo –por obli­ga­ción, tam­bién por pe­re­za– y pre­fie­re no de­cir ni pío y ver­las ve­nir. Una si­tua­ción muy es­pa­ño­la –y trá­gi­ca– es la de unos críos que jue­gan al fút­bol y en un lan­ce el ba­lón se pier­de en los con­fi­nes. Lo in­te­li­gen­te es que to­dos co­rran a bus­car­lo pa­ra se­guir ju­gan­do lo an­tes po­si­ble. En la prác­ti­ca, la reac­ción de la ma­yo­ría es el es­ca­queo y es­pe­rar a que los más ton­tos re­cu­pe­ren la pe­lo­ti­ta.

No hay que ser Al­bert Ca­mus en su cen­te­na­rio pa­ra de­cir que el fút­bol da gran­des en­se­ñan­zas más allá de apren­der gen­ti­li­cios in­só­li­tos (ili­ci­ta­nos, ove­ten­ses, onu­ben­ses…). El fút­bol es una de las pri­me­ras es­cue­las pa­ra di­ge­rir los con­tra­tiem­pos. Y tie­ne una con­tra­dic­ción muy pe­da­gó­gi­ca: un de­por­te co­lec­ti­vo pro­ta­go­ni­za­do por on­ce egos (la gran fi­gu­ra de un equi­po es el 9, el de­lan­te­ro cen­tro: un ju­ga­dor que se va de­pri­mi­do a ca­sa cuan­do su equi­po ha ga­na­do 5 a 0 si él no ha mar­ca­do un tan­to).

El en­tre­na­dor ga­lés John Tos­hack tu­vo un pa­so efí­me­ro por el Real Ma­drid, pe­ro de­jó fra­ses an­to­ló­gi­cas (a di­fe­ren­cia de Mou­rin­ho, Tos­hack es el ti­po de per­so­na­je con el que uno se iría de co­pas). Des­pués de una de­rro­ta des­hon­ro­sa y en la vís­pe­ra del si­guien­te par­ti­do, Tos­hack di­jo aque­llo de que “los lu­nes siem­pre pien­so en cam­biar a diez ju­ga­do­res, los mar­tes a sie­te u ocho, los jue­ves a cua­tro, los vier­nes a dos y los sá­ba­dos ya pien­so que tie­nen que ju­gar los mis­mos ca­bro­nes”.

Mou­rin­ho es una par­te del pro­ble­ma –el mal li­de­raz­go–, pe­ro los ju­ga­do­res no son la so­lu­ción, por­que su ten­den­cia al egoís­mo y la in­dis­ci­pli­na exi­ge, a me­nu­do, au­to­ri­ta­ris­mo. No ha­bría Mou­rin­ho si los ju­ga­do­res del Real Ma­drid no hu­bie­sen per­di­do la tem­po­ra­da an­te­rior, por ejem­plo, por 4 a 0 en el cam­po del Al­cor­cón un par­ti­do de Co­pa que lue­go ni si­quie­ra re­mon­ta­ron en el Ber­na­beu.

El li­de­raz­go ideal es im­po­si­ble si la tro­pa no es­tá por la la­bor y na­die quie­re ir a bus­car la pe­lo­ti­ta per­di­da. Qui­zás dos de los en­tre­na­do­res más edu­ca­dos y sa­bios que han pa­sa­do por Es­pa­ña el úl­ti­mo cuar­to de si­glo fue­sen Bobby Rob­son y Jupp Heync­kes. Al pri­me­ro, los ju­ga­do­res del Ba­rça lo lla­ma­ban “l’avi Mi­quel” –ya pue­den ima­gi­nar el res­pe­to que le dis­pen­sa­ban– y al ale­mán el ves­tua­rio lo nin­gu­nea­ba has­ta el pun­to de que es­ta­ba sen­ten­cia­do ya an­tes de que el Real Ma­drid ga­na­se su sép­ti­ma Co­pa de Eu­ro­pa (aque­llo sí que era una me­ta an­sio­sa y, en teo­ría, gra­ti­fi­ca­ble).

Des­pués de tres años de ren­di­cio­nes y ad­he­sio­nes, el ma­dri­dis­mo ha des­cu­bier­to, ¡oh¡, la so­pa de ajo: una en­ti­dad cen­te­na­ria en ma­nos de un per­so­na­je cai­ni­ta al que se to­le­ró lo que nun­ca an­tes se ha­bía per­mi­ti­do a en­tre­na­dor al­guno, has­ta el pun­to de que en tres tem­po­ra­das se ha car­ga­do los va­lo­res que el Real Ma­drid ha­cía su­yos y aho­ra tar­da­rá años en re­cu­pe­rar. Ju­gar con la cre­di­bi­li­dad de una ins­ti­tu­ción es muy pe­li­gro­so: se tar­da años en con­fi­gu­rar y mi­nu­tos en per­der.

Mou­rin­ho es un pro­to­ti­po del eje­cu­ti­vo ti­bu­rón. Lle­gan a una com­pa­ñía –hoy aquí, ma­ña­na allá– y se les da man­ga an­cha en pos de unos re­sul­ta­dos muy am­bi­cio­sos. A cor­to pla­zo, los con­si­guen (Mou­rin­ho cor­tó la aplas­tan­te su­pe­rio­ri­dad del Ba­rça). A me­dio o a lar­go de­jan a me­nu­do un erial. Ellos ya es­tán le­jos y a res­guar­do. Una suer­te de ca­pi­ta­lis­mo re­sul­ta­dis­ta que tan­tos éxi­tos y pres­ti­gio ha­bía da­do a Mou­rin­ho an­tes de ate­rri­zar en Ma­drid y re­ci­bir las lla­ves del club.

Hoy el Real Ma­drid es una mar­ca que co­ti­za peor en bol­sa que ha­ce tres años. Pe­ro no to­do fue Mou­rin­ho: tam­bién él te­nía un je­fa­zo –Flo­ren­tino Pé­rez, cóm­pli­ce ne­ce­sa­rio– y unos su­bor­di­na­dos que en un par­ti­do cla­ve, Dor­mund, se­mi­fi­nal ida, no es­tu­vie­ron a la al­tu­ra…image

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