Hacia un nuevo mundo : La era de Jano by John William Wilkinson via La Vanguardia 20/1/13

La era de Jano
John Wi­lliam Wil­kin­son
La Vanguardia – Dinero
20 de enero de 2013

Es­ta­dos Uni­dos pla­nea con­cen­trar el 60% de su flo­ta na­val en el Pa­cí­fi­co an­tes del 2020 No es ca­sua­li­dad que Si­li­con Va­lley y la em­pren­de­do­ra ciu­dad de Seattle es­tén en la Cos­ta Oes­te. No todos los dioses de la mitología romana eran calcos de las antiguas divinidades griegas. El dios Jano era genuinamente romano. Con sus dos caras mirando hacia ambos lados de su perfil, era el dios de las puertas, los comienzos y los finales. Se le invocaba al comenzar una guerra, y mientras esta durara, las dos puertas de su templo, una orientada hacia levante y la otra hacia poniente, permanecían siempre abiertas. Sólo se cerraron cuatro veces a lo largo de toda su historia.
Casi todos los imperios son bifrontes. El romano ciertamente lo era; y luego la Iglesia de Roma, que acabó partiéndose en dos. Luchar en dos frentes debilita, al tiempo que garantiza que las puertas del templo de Jano permanezcan largo tiempo abiertas. Desde la conquista de California, hace siglo y medio, EE.UU. no ha parado de invocar al dios romano. Pero aunque es cierto que su mirada bifronte nunca ha sido equilibrada, la situación geopolítica actual amenaza con forzar un significativo cambio de enfoque.
El secretario de Defensa cesante, Leon Panetta, ha escrito recientemente en la prensa que EE.UU. planea concentrar el 60% de su flota naval en el Pacífico antes del 2020, amén de un substancial incremento en el presupuesto destinado a preservar, e incluso fomentar, sus intereses en la región (el Atlántico ya no es lo que era).
Fueron españoles los primeros ojos europeos en contemplar, desde el istmo de Panamá, el océano Pacífico (Vasco Núñez de Balboa, 1513). Pero fue Magallanes quien lo bautizó, por la calma de sus aguas. Esa vastedad de océano que los polinesios habían surcado en sus canoas cual naves perdidas en el espacio, saltando de isla en isla como si fuesen estrellas, fue española durante los siglos XVI y XVII. Pese a no contar con instrumentos que les permitieran calcular con precisión la longitud, intrépidos navegantes como Elcano, Quirós o Torres hallaron la manera de llegar hasta Asia y traer de vuelta las maravillas de Oriente que, tras cruzar México y el Atlántico, llegaban a Sevilla, y de allí a Madrid, y quién sabe si al cielo. De aquellas hazañas queda poco más que unos nombres en el mapa: Filipinas, Marianas, Carolinas…
Muy en sintonía con Jano, los franceses y los ingleses irrumpieron en el Pacífico al inicio de la revolución industrial y a poco de estallar la Revolución Francesa. Sus naves pretendían ser laboratorios científicos flotantes, enviadas por la Europa de la Ilustración. Bougainville y Cook descubrieron el paraíso terrenal en Tahití, del que partieron ignorantes de que la sífilis que trajeron consigo significaba su fin.
Las ínfulas científicas acabaron en despiadadas conquistas. La crónica de cómo repartieron aquel mundo de fábula es tan trágica y sórdida como desconocida. Aprovecharon los ingleses la revolución y las guerras napoleónicas para hacerse con la parte del león. A fin de vaciar las atiborradas cárceles de la metrópoli, y sin que se les ocurriera otra manera de poblar su nueva posesión, convirtieron Australia en la colonia penal más grande y nefasta de la historia. Los franceses, deseosos de mantenerse en la carrera, enviaron a Nueva Caledonia miles de los comunardos que no fusilaron luego de aplastar la Comuna de París (1871). No tardaron en morir como moscas, abandonados a su suerte en medio de la selva, en compañía de los recién llegados rebeldes argelinos, tocados con sus turbantes.
Lo peor estaba aún por llegar. El ataque japonés sobre Pearl Harbour convirtió el Pacífico en un inmenso teatro de guerra. Pero nada más terminar las hostilidades, EE.UU. inició unos ensayos con bombas atómicas en el atolón Bikini. El inefable programa nuclear francés no concluyó hasta 1996, once años después de orquestar el funesto hundimiento del Rainbow Warrior, el buque de Greenpeace.
Dejando a un lado las pruebas de la bomba atómica, la presencia norteamericana en el Pacífico ha sido bastante más benévola que la de franceses o ingleses. Hawái es el 50.º estado de Estados Unidos desde 1959, sólo tres años antes de que allí naciera Barack Obama. De los seis a los diez años, Obama vivió en Indonesia, por razones familiares, antes de volver a Hawái, de modo que no cabe duda de que es un hijo del Pacífico. Es hacia allí donde dirige su mirada de Jano desde los ventanales de la Casa Blanca, al tiempo que se rodea de veteranos de la guerra de Vietnam, como, a partir de mañana, el flamante secretario de Defensa, Chuck Nagel, que luchó en la jungla junto con su hermano, Tom, salvándose el uno al otro en más de una ocasión. Por no hablar del héroe de guerra John Kerry.
De joven, Obama recorrió Europa, pero para su generación la Europa de las novelas de Hemingway o Scott Fizgerald ha perdido su atractivo; la Unión Europea, carente de toda épica, sólo sirve como plató para el rodaje de las empalagosas postales de Woody Allen. Atrae más un solo fotograma de Deborah Kerr tumbada en la playa de una isla paradisiaca en brazos de Burt Lancaster, que kilométricos metrajes de soldados americanos repartiendo cigarrillos y chocolate entre harapientos europeos atrapados bajo las ruinas de su civilización.
No es ninguna casualidad que Silicon Valley y la emprendedora ciudad de Seattle estén en la Costa Oeste, desde donde otean un futuro repleto de apasionantes juegos diplomáticos y comerciales con sus cada vez más cercanos vecinos asiáticos de la otra orilla. Querrán participar también Chile, Perú, Colombia y México, cuyas costas son bañadas por las olas del Pacífico.
Ha comenzado otra era de Jano. Las contracciones anteriores al inminente parto de un mundo nuevo sacuden el antiguo régimen en muchas regiones del orbe. Es pronto para saber si será con o sin dolor, o si acaso por cesárea. Puede pasar cualquier cosa. La espera se hace eterna. Entretanto, las puertas del templo de Jano permanecen abiertas.

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